Inmóvil

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INMÓVIL

NOVIEMBRE 2019

Escucho susurros, sé que hay alguien más en la habitación. Se oye de música con sabor a piano y tintes de terror. No ver me pone nerviosa. Estoy arrodillada, rezándole a una soga que amarra mis manos. Alguien destapa mi rostro y se lleva el dedo índice a los labios.

—Shh…

Lo primero que veo es a un hombre con el torso tatuado, sentado frente a mí. Los hombros se esconden debajo de una capa con algo de pelaje que parece real. Los codos apoyados en las rodillas le permiten bajar un poco la cabeza para mirarme. Intimida. Siento temblores en las piernas. Trato de respirar despacio. Percibo que cualquier alteración será propicia para un castigo. Viste pantalones negros y botas. La mirada parda capta detalles de mi vestimenta.

—De pie —ordena.

Otra persona oculta detrás de él tironea la cuerda que atraviesa un aro y me obliga a pararme. No sé por qué aprieto los muslos, los junto. Por momentos siento vergüenza, ahora mis manos están por encima de mi cabeza. La presencia de un segundo hombre es intensa. Ambos comparten el mismo vestuario, un antifaz con orejas y la capa oscura. Mi capa, en cambio, es roja. Quedo de pie, temblando de miedo porque sé quién es el animal hambriento: Lord.

Aunque es mi tercera vez en la Casa Rojo Viral, recién ahora me permitieron ingresar al segundo piso. Conozco vestigios de Lord por una amiga que viene seguido y adora el sado. Él es exclusivo del piso dos. Detrás del camuflaje veo su pelo largo, rapado sobre una de las orejas. Agazapado, sus ojos observan maliciosos. Siempre están alertas.

Tiene una varilla en las manos que le permite mantener distancia. Me señala el pubis y trata de meter la vara en la entrepierna. Le dificulto el movimiento por la presión que ejerzo. Tal actitud rebelde lo enfurece. Se acerca a mi oído y enreda un mechón de pelo entre sus dedos. Tira tanto que mi cabeza se inclina hacia atrás.

—Escuchame una cosa, Caperucita, si te portás mal la vas a pasar peor. Acá mandamos nosotros. ¿Está claro?

Asiento sin que me salga una sílaba. A pesar de su máscara, observo rasgos hermosos. Le tengo miedo a su belleza. Creo que es del tipo de persona que, en una situación límite, difícilmente pueda controlarse.

Me suelta de mala manera y regresa a la distancia anterior. Apunta con la varilla otra vez, ahora sí, acato su orden al momento. La sonrisa es cínica. Frota el instrumento entre los muslos. Sube la intención y me pongo en puntas de pie por el nivel de sensaciones que provoca. Restriega con frenesí, cierro los ojos por el calor consecuente del roce. Un golpe seco al costado me hace volver a la escena. Ellos observan mi figura atada, sé que esperan abalanzarse sobre mí y arrancarme por completo la ropa.

Estoy preparada para tentarlos. Los miro altanera. Desafío. La Casa Roja debió hacer algo más realista. Los dejaré penetrarme y la fantasía terminará.

Pero no.

Ríen. Ajustan mis ataduras a un aro en el suelo. Quedo arrodillada intentando zafar la soga, aunque me es imposible. Se paraliza mi cuerpo cuando Lord se agacha y agarra fuerte mi mentón.

—Shh…

Entonces siento al otro detrás, al desconocido. Entre los dos sostienen mi cabeza y me abren la boca para meter una pelota de goma. Tiene un cinto que abrochan en la nuca, ya no puedo gritar. Se ven complacidos. Tironeo, me sacudo y me rindo luego de unos minutos.

Mi pecho se expande del susto. Me colocan auriculares con música fuerte y una capucha negra. No veo nada, tampoco sé qué pasa en la habitación.

Pierdo la noción del tiempo, me siento acalambrada y aturdida. La música se detiene de pronto y el sonido cambia a llanto y gritos de mujer. Aullidos. Más gritos. Parece que destrozaran a la dama que solloza en mis oídos. Siento nervios otra vez.

Destapan mi rostro de un tirón. Una luz intensa no me deja abrir los ojos. Cesa el ruido. Aún estoy aturdida. La luz se apaga y de a poco logro conectar la visual. Los dos hombres aparecen en escena ahora con máscaras de lobo. El pelaje de la cara es realista, me da impresión. Amagan a tocarme y mi sobresalto distorsiona sus imágenes. Se retiran hacia algún lugar que no alcanzo a ver. Otra vez un gran reflector me encandila. A mi alrededor hay hojas secas desparramadas y algunas ramas cuelgan desde el techo. Se afloja el agarre de mis muñecas y muevo las manos hasta que la cuerda cede a voluntad del miedo.

Estoy a la deriva, sin saber bien qué hacer. Vestida de caperucita con un conjunto de ropa interior blanco. Necesitaba darles una muñeca tierna, presa fácil de cazar. El portaligas y las medias son blancas también. Los zapatos, en cambio, de charol negro que brilla con el reflejo del neón. Estoy rodeada de oscuridad, no logro distinguir las paredes.

Me quito del todo la soga de las muñecas y me incorporo. Miro a mi alrededor intentando adivinar qué planean hacer conmigo. Pero han desaparecido. La confusión aumenta, todavía escucho sonidos lejanos, secuela de los auriculares. Pienso en salir de la habitación y solo encuentro laberintos de ramas y hojas que aumentan el pavor un paso más allá. Ladridos salen de parlantes dispersos por el lugar, que ahora parece un bosque tenebroso. Recuerdo que ellos tienen sed y yo soy su única agua dulce.

Una luz blanca en forma de luna llena se enciende y, con ella, luces rojas intermitentes en los rincones. Echo a correr hacia lo que supongo es la salida. No logro llegar. La esfera se apaga y me deja en tinieblas. Se me viene a la memoria alguna película de horror donde la dama muere antes que nadie. Me choco una rama, voy tanteando con las manos para no rasparme. Un par de brazos fuertes me agarran desde atrás. Dientes muerden el hombro tembloroso. No sé de quién vienen esas mordidas, duelen al principio, pero entiendo que debo dejarlos jugar. Son bestias.

Me sueltan, desaparecen. Vuelvo a correr hacia dónde puedo. La mordaza me ahoga. Estoy desorientada, no recuerdo para qué lado está la puerta, ni las ventanas. Todo permanece tapado con ramas, hojas y penumbra.

El aullido otra vez y me arrancan la capa. Intento quitarme la bola de la boca. Luego de varios tirones, la cosa cae y vuelvo a ser yo. Corro, choco contra un lobo. Retrocedo, corro otra vez. Freno de golpe cuando me veo reflejada. Entonces caigo en la cuenta de que no solo hay ramas y hojas, sino también, espejos. Estoy encerrada en un laberinto peligroso. Ya no temo escapar de ellos, sino rendirme a sus pies. Tiembla mi figura en la imagen. Veo al lobo detrás de mí, ya no tengo manera de eludir su brutalidad. Me toca los hombros y hace que me arrodille en el bosque. Además, ordena que solo mire hacia el suelo.

Veo sus botas negras acordonadas frente a mí. No me animo a desobedecer. Escucho el sonido de un cierre que baja y una mano dirige mi mentón. La verga se mete completa en mi boca, separo los dientes, penetra la garganta, hago arcadas, me coge la boca, la lengua cobija el tronco en su vaivén. Crujen las ramitas cerca, el estado de alerta vuelve. Se aproxima el segundo lobizón y me susurra al oído con voz grave:

—Inmóvil.

Acato la orden. Lord sigue envergando mi boca, pero yo me dejo abrir, no pongo resistencia. El otro lobo me saca las tetas fuera del corpiño y manosea brusco, apretando de vez en cuando los pezones.

Libera mi boca y se apartan. Me pongo de pie, trato de reponerme del sofoco. Corro, tambaleante, y choco una vez más con la bestia sin nombre. Me gira y agarra por detrás. Tapa mi boca, pataleo para salir de la captura. Lord separa mis piernas, unta con gel un objeto en su mano, me corre la bombacha y lo introduce sin más, adentro de mi vagina. Bien adentro. Vuelve a colocar la bombacha en su lugar. El desconocido me empuja hacia Lord, trastabillo para no caer. Por la fuerza me colocan esposas en la espalda y ya no puedo quitarme lo que me metieron en la concha. Se alejan. Quedo de pie en medio del bosque, indefensa. Las luces rojas encendidas y la luna llena anteceden a un aúllo ensordecedor. Los lobos tienen hambre, lo sé.

El mareo hace que el cuerpo trate de salvarse. Las piernas se mueven confundidas. Abruma la esfera lunar. Me topo con la bestia, grita en tono odioso:

—¡Inmóvil!

Desobedezco y huyo, esquivo el peligro. Entonces, lo siento. Lo que me metieron en la vagina comienza una serie de vibraciones intensas que me hacen caer de rodillas. La borrachera es total. Éxtasis. La habitación gira envuelta en colores y yo no puedo hacer más que aceptar estos efectos alucinógenos del momento. La electricidad recorre cada poro de mi cuerpo ultrajado.

Una verga diferente a la anterior se mete a la fuerza en mi boca y me obliga a recibir todo el ahogo de su potencial. Toso, el empuje es profundo. El lobo mueve a su antojo mi cabeza para que lo masturbe con los labios. Las manos atadas y la vibración de mi concha le permiten libertad. Suelta. Se va. La cosa deja de vibrar y puedo ponerme de pie luego de un minuto.

Camino con dificultad, mi cuerpo tiembla, ya no de miedo, sino de agitación. Voy sin sentido por una sala de la que no se puede salir. Ambos lobos me impiden el paso. Me vuelven a dar la orden, ya no escucho. No sé lo que dicen ahora, pero desobedezco. La vibración absoluta y continua me convierten en señuelo. Aprieto las piernas y los labios de abajo. Mi cuerpo tirita. Uno de ellos me alza desde atrás. Pasamos por el costado de un espejo y me encuentro en otra parte de la recámara. Subo a un diván extraño, en el que enganchan mis piernas, las traban con un cinto. Quedo con el culo para arriba. Bajan mi torso hasta hacer tope con el almohadón. Grito por el caos en mi vagina y tapan mi boca, en perfecto sometimiento. Siento mordidas y el culo se revela a un dedo con gel. Dedo meticuloso que va ensanchando el pase, sale y se vuelve a meter. Lord me calla. La vibración. El dedo, más dedos, pierdo la noción de tiempo y espacio.

Me sacan de ahí y caigo sobre la cama. Extraen el vibrador y uno de ellos mete la verga. Empujones severos. No tengo manera de mermar el frenesí. Estoy exhausta. El otro se acuesta de lado y me acaricia. Mete los dedos en mi boca, uno, dos, luego, tres. Me abre los labios y el otro, la concha.

Muestran la pelota de goma, no la quiero otra vez. Emito sollozos histéricos de una chica asustada. Entonces, uno de ellos tapa mi nariz hasta que me quedo sin aire. Eso les da lugar a encajar la bola. Abrocha el cinto en la nuca. Terminan de ajustarse cada uno el preservativo. Uno de ellos se acuesta boca arriba y me calzo sobre su tronco. Siento la profundidad. El lobo agarra mis pelos y me endereza. Como no entiendo qué quiere, recibo un cachetazo. Luego, sostiene fuerte el mentón y enfatiza la orden. Me muevo como puedo, bailo con las piernas abiertas. Se quita la máscara, es Lord. La bestia anónima me ayuda a que el movimiento sea severo sobre la pija. Decide mantener su imagen oculta detrás de la máscara ¿Quién será? No lo identifico como a Lord, comienza a obsesionarme la idea. Si es alguien de afuera o del staff. Si es carismático, perverso o infame. Me empuja fuerte de manera que me pego al vientre de Lord. Sonríe despiadado con el aliento en mi oreja mientras me toquetea las tetas.

Caperucita se entrega a los dos sin rodeos. Ya no temo el flagelo. No temo a que me rompan, es lo que deseo. El miedo y la desprotección son los mayores apetitos que tengo. Sueño con no volver a salir de esta habitación. Sueño con el pecho de Lord, con esa misma fascinación de quien se regala por completo a la voluntad ajena, sin arrepentirse. Cedo a sus caprichos. Dejo caer los brazos y el cuerpo. Trato de retener lo más que puedo el calor del chico malo del piso dos.

El otro se enreda en mi pelo y, ambos en sintonía, sacuden todo temple hasta hacerme arrodillar en súplica eterna. Que me cojan. Quiero que me cojan hasta domar mis orgasmos.

—Inmóvil —susurra en tono seco, recostado sobre mí—. Inmóvil, o será peor.

Hago caso omiso al pedido del anónimo. Lo toco. Lo detengo sin sentido. El único detalle que le recuerdo, más allá de que nunca se quitó la máscara, es un tatuaje en el pecho. Letras del lado derecho con la inscripción “Señor R”.

—Shh —Lord me silencia e introduce su pene hasta donde más puede.

Ahora el frío del gel que corre en mi ano antecede el suceso. Entra de una sola vez y ni siquiera puedo decir algo, por mínimo que sea, de este ardor. La bola en mi boca detiene los gemidos y pienso en el daño, en la sumisión a estos dos. Yo, la mosquita muerta rubiecita, hermosa, con cara de pobre muñeca, pero con la apertura suficiente para recibir varias pijas.

Empalan a dúo. En sintonía. A ritmo eufórico. No puedo moverme, ellos me mueven. Lord me presiona contra él a fin de sacudir a su antojo la pelvis. El Señor R empuja irracional, frenético, sin piedad.

Estoy perdida en el bosque, con dos vergas de lobo rasgando piel a su paso. De nuevo me apoyo en el pecho de Lord cuando deja de apresarme. Incapaz ya de sentir dolor porque todo está dilatado. Pienso que él es una alfombra de pelos y garras que me marcan. Cierro los ojos, pierdo la consciencia, grabo todo en mis recuerdos.

Acabo grosera con ambos descontrolados y yo en medio de ese incendio. Me relajo. La penetración de atrás es espesa, imagino el anillo tan grande, que el tronco danza en él.

Los lobos eyaculan adentro mío, en el forro. Emanan sonidos guturales, leche, silencio. Nos recostamos los tres.

El orgasmo más verdadero de mi vida lo acabo de descubrir con un lobo despiadado y un anónimo voraz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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