El Chef

SÁBADO, 8 DE MARZO DE 2001

La casa es impactante. Indira queda deslumbrada con las paredes revestidas de madera negra y la pileta (canal de nado, le dice el cliente) que recorre el chalet, apareciendo y desapareciendo dentro de diferentes habitaciones. Casi no hay muebles y los pocos que se adivinan en la penumbra cumplen funciones prácticas, no estéticas: mesas, sillas, sillones. Ni cuadros, ni repisas, aparadores o bibliotecas. Tampoco cortinas o lámparas colgando del techo. Las luces surgen del piso y se activan con sensores. A medida que Indira y el hombre avanzan hacia los fondos de la casa, la oscuridad se instala a sus espaldas. Sin embargo, al traspasar una puerta, todo cambia. Hasta el momento, el aire apenas si huele vagamente a agua clorada y, más lejano aún, tabaco. Pero allí, en la cocina, el aroma es el del paraíso: cebollas doradas, papas al horno, pimientos frescos, azafrán, menta, ajo, quesos, salsas picantes, chocolate. Indira inhala con fuerza y sonríe. La mezcla de todos esos olores le da paz, quién sabe por qué. La asombra también la gran cantidad de ollas, sartenes, jarros, coladores y docenas de objetos de los que desconoce su utilidad, la mayoría en acero, pero algunos otros en madera, acrílico y cerámica. Frente a ese despliegue, se queda momentáneamente inmóvil hasta darse cuenta que el cliente la observa con tanta atención como ella a la cocina.

-Sí. Sos perfecta –dice él. Indira se da cuenta que habla consigo mismo y no le responde. Además, le han indicado en la Casa Rojo Viral que diga lo menos posible. Al cliente no le gusta la charla. 

-¿Tomás vino? –pregunta él -.Tinto, por supuesto.

   Ella sonríe otra vez y asiente. Se pregunta si no parece un poco tonta manteniendo el silencio. Deja la cartera sobre la amplia barra de mármol y se acerca al hombre, seductora. La desconcierta ver que él la rodea sin mirarla, toma la cartera y la cuelga del respaldo de una silla.  

-Sentate ahí, por favor –le dice, señalándole una banqueta detrás de la barra.

   Indira obedece. El cliente se agacha, desapareciendo por unos segundos, y vuelve a aparecer con una botella de vino entre sus manos. La ceremonia del descorche es algo que Indira nunca ha visto, por lo menos no una así: la delicadeza con que el hombre toma el destapador y desliza un filo oculto sobre la etiqueta que cubre el pico, la precisión con que despliega y clava otro apéndice, justo en el centro del corcho, la seguridad con que gira esa vara enrulada en movimientos continuos, la suavidad con que apoya la botella sobre el mármol y encaja otro suplemento de la herramienta, ése que se ajusta en la boca de vidrio indiferente a la fragilidad que tiene por debajo y el tapón, que comienza a salir, despacio, mostrando su cuerpo intacto hasta separarse del líquido…

   Indira se queda mirando el corcho que él le ofrece. Piensa que debería agarrarlo pero no sabe para qué. Cuando al fin se decide a alzar la mano, el cliente deja el tapón a un lado, sobre una servilleta de papel. Toma dos copas de la parte superior de la barra y sirve en ellas medidas asombrosamente iguales.

-Habría abierto esta botella un par de horas atrás si no fuera que la Casa me advirtió que difícilmente tomarías algo sin comprobar antes que estuviera sellado.

-Así es –responde Indira. Quiere agregar algo más, que él le inspira confianza, cosa que es verdad, pero prefiere regresar al silencio. Por otro lado, no sabe cuál es el objetivo de abrir una botella con tanta anticipación. Recibe su copa de las manos de él y piensa que van a brindar, pero no lo hacen. El hombre se lleva el cristal a los labios y bebe. Indira observa su garganta, el vino demora en bajar y, quién sabe por qué, se imagina el líquido oscuro jugando en su boca. Ella también toma y el sabor le parece invasivo, penetrante. Perfecto. Adora el alcohol y la verdad es que lo ha tomado de lugares mucho más peligrosos que una botella abierta horas atrás. 

-Vamos a cenar –dice el cliente y comienza a cocinar. 

   Indira lo observa. Ella, que suele ser muy habladora, ahora está cómoda en el silencio. De la heladera, de cajones escondidos, de canastas dispuestas sobre la mesada, comienzan a aparecer vegetales de formas y tamaños variados. Hay pimientos amarillos, papas negras, cebollas blancas, chauchas verdes, tomates rojos, ajos, morrones, zanahorias, zucchinis. Todo es puesto en fila y cortado con movimientos rítmicos, la mano izquierda mantiene inmóviles las formas, la derecha sube y baja reduciendo los tamaños. La proximidad del cuchillo a la piel asusta, preocupa… Luego el miedo se desvanece. Hay algo poderoso y seductor en la dominación del peligro. Y todavía más en quien, tan fácil y rápidamente, transforma lo inerte y decorativo en vivo y deseable. Cuando el olor de unas gotas de aceite y los jugos de las verduras se unen, lo que era sólo un objeto se vuelve una necesidad. La boca de Indira se llena de saliva. Ahora él, el hombre, el cliente, el chef, sacude el wok sobre el fuego y todo brilla. Las verduras vibran en su propio color y se mezclan, se rozan, se unen, se montan unas a otras. 

   El chef toma otro sorbo de vino. Su mirada está fija en el fuego y sus pensamientos son indescifrables. Lo que piensa Indira es que quiere tocarlo. También ella se lleva su copa a los labios y  el sabor del vino se acopla al resto del entorno. A la penumbra de la casa, al olor del agua, a la calidez de las luces de la cocina, al aroma de la comida, a los ojos oscuros y lejanos de él. 

-Desnudate –dice el hombre, de espaldas, sin mirarla, sin apartar sus ojos del fuego y ella cree que su imaginación ha escuchado esa palabra y no, él la ha dicho en verdad: desnudate. 

   Despacio, se quita la ropa. Lo hace como si él la observara, acariciando la piel que va quedando al descubierto. Lo último que libera son sus pechos. Y es entonces, quizás porque ya no se escucha roce alguno, tal vez porque la respiración de Indira se ha acelerado un poco o, más probablemente, porque entre los sentidos de un chef destaca  un olfato único para distinguir cuando algo ya está en su punto, que él se da vuelta y la mira. También, es innegable el olor a mujer desnuda que flota en esa cocina. Tan primitivo como el hambre misma.

   Un trozo de carne está dorándose sobre la plancha. El chef recorre con los ojos el cuerpo de Indira. Al paso de esa mirada, los pezones se endurecen. Ella retrocede hacia la mesa y se deja ver por completo. 

-Sentate. 

   Un minuto después, él también se sienta. Ha traído una fuente con los vegetales y otra con la carne. Le indica que comerán directamente desde allí, sin platos individuales. Pero el chef demora. La observa comer. Estudia el modo en que ella ha echado hacia atrás su largo cabello enrulado y cómo sus hombros han quedado indefensos. Parece gustarle el vaivén suave de los pechos y el modo en que se inclina hacia la fuente y corta un trozo de lomo. Al principio, a Indira le preocupa masticar despacio o no poner los codos sobre la mesa. Pero la exquisitez de lo que saborea le hace olvidarlo todo. Toma conciencia de que han cocinado para ella. Que quizás, ese sabor se ha logrado porque fue inspirado por sus caderas, por sus ojos, por su forma y el sonido de su voz o su silencio. Sonríe y le causa placer notar que el chef también sonríe. 

-¿Te gusta?- pregunta él. 

-Es sublime –responde ella modulando bien la palabra y el hombre se echa a reír, complacido. A Indira, el sonido de su risa le asegura que sublime será también el sexo. Siente la tibieza de la carne en la boca, la danza del vino en el pecho y el frío del tapizado de la silla entre sus piernas. Pero los minutos pasan y él no ha probado bocado, sólo la observa.

-Acostate –dice el chef, de pronto.

   Indira mira hacia todos lados y su vista se detiene en el suelo.

-No. Sobre la mesa –aclara él y hace a un lado las fuentes. –Por completo. Boca arriba.

   Ella obedece. Se sienta sobre la madera lustrada y se deja caer despacio. Contempla un techo abovedado con ladrillos antiguos, única señal de que esa casa moderna tiene un pasado que permanece vivo en la cocina, quizás queriendo conservar la calidez de otros tiempos. Cierra los ojos y espera el contacto con el cuerpo de él. Lo que siente, en cambio, es calor en el pubis. Sorprendida, mira hacia abajo. 

    El chef está colocando pequeños trozos de carne sobre su vello. Lo hace con precisión y delicadeza. Luego se inclina y, con la lengua, los arrebata uno a uno. Al terminar, despacio, separa las piernas de Indira presionado desde el interior de los muslos. La vagina se abre, hinchada y húmeda. Con la yema del dedo, el chef toca esa humedad y la distribuye por el clítoris como si untara de crema la superficie de una torta. Allí deja caer los vegetales y repite los movimientos con la lengua para comérselos. A cada roce de yema y lengua, la concha de Indira palpita y el botón se hincha más, deseando que el contacto no se entrecorte, que halle un ritmo, que la delicadeza se pierda y la boca del chef devore con la bestialidad de un emperador romano. 

   Y no. No sucede. 

-Date vuelta –dice él. 

   Ella gira sobre la mesa. Siente como el chef le acaricia el culo y le separa las nalgas. Acaricia el interior también. Ahora, lo que él deja caer allí, es el jugo tibio de la carne fusionado con el de los vegetales. Esa calidez aceitosa se desliza desde el ano hasta la vagina y recuerda al semen recién eyaculado. Los dedos del chef juegan como si amasaran pan. Por momentos, alguno de ellos penetra brevemente en el ano y ella siente crecer la viva necesidad de ser tomada por detrás. Arrodillarse sobre esa mesa y ofrecerse sin condiciones, una boca de botella ni tan fina, ni tan noble, pero bien conservada y deliciosamente aromática. 

Y no. No sucede. 

   El chef lame, roza, acaricia, amasa…y se detiene. Indira cierra los ojos otra vez y espera con el cuerpo vibrando. Un instante más tarde, él la toma de la mano y la ayuda a bajar de la mesa. ¿Van al dormitorio? ¿A la sala? No. El cliente le indica que se vista. Ella lo hace y cada prenda es como una quemadura proveniente de un horno con su perilla al máximo. El hombre la acompaña hasta la puerta recorriendo el mismo camino del principio. Cada paso que Indira da le produce un hervor interno que amenaza con brotarle por los poros. 

   Se despiden. El Audi de la Casa Rojo Viral con Milton al volante la espera unos metros más allá. Indira se sube. No habla. El chofer respeta su silencio. Las piernas de la mujer se frotan entre sí. Su culo se desliza en el asiento. Contrae y relaja los muslos. Cada vez más rápido. Una mano aferra un pecho y juega con el pezón. La otra desciende, se mete por debajo del vestido. Las piernas no se abren, los ojos se cierran. La presión es…sublime. Pero un dedo, el índice, busca, encuentra y gira. Ni siquiera hace falta correr la bombacha. Es decir, no alcanza el tiempo, demasiada hambre. El vapor logra su punto de ebullición y explota en gemidos y aromas que inundan la cabina del auto. 

   Indira deja escapar el aire contenido y tira la cabeza hacia atrás. Se relaja. Ahora sólo se escucha el zumbido suave del motor y una música a muy bajo volumen. Jazz probablemente. O Chill Out. 

   Al rato, abre los ojos. Milton la está observando por el espejo.

-Buen provecho, señorita –murmura y pone en marcha el auto. 

   Indira sonríe y baja los ojos, pudorosa. 

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