El Profesor

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Octubre 2017

Esa mañana, el señor Aliso se transformó justamente en eso, un señor. Sin cuestionarse los motivos, dejó de lado los pelucones, el maquillaje, los pantalones ajustados y las camisas de colores fuertes, y se puso un traje oscuro, sobrio, espantoso. Aquella mortaja le había pertenecido a su padre. Y en una mortaja estaba envuelto ese hombre (que lo echó a golpes de su casa cuando Aliso tenía quince años), la última vez que lo vio. El muchacho regresó al barrio, ya mayor de edad, con su primer dinero ganado en la Casa Roja, a la espera de que los billetes calmaran un tanto las cosas como para poder hablar y darle un beso a su madre. Sin embargo, lo que halló fue la puerta abierta de la casita de ladrillo, y dentro, la negrura de un túnel. Varias mujeres de luto lloraban ante un cajón, ante un cadáver, el del padre de Aliso. Nadie se había comunicado con él, nadie le había avisado. Se acercó lo suficiente para distinguir a su madre en medio del bulto informe de cuerpos femeninos y se agachó con la intención de abrazarla. Lo que la mujer hizo fue darle la espalda. Aliso se irguió. Miró por última vez, pensativo, al hombre del ataúd y se alejó, de regreso a la puerta de calle. Pero antes de salir se detuvo unos segundos y luego, fue hacia la piecita donde dormían sus padres. Abrió el viejísimo ropero con dos de sus lunas rotas y sacó el traje. Se lo acercó un instante, recto sobre su cuerpo y asintió, satisfecho. Ahora sí, con el traje en alto como un escudo o un estandarte, o quizás llevándose consigo lo único que le recordaba al padre, la oscuridad sin pausa, el vacío y la nada, se fue para siempre de su infancia.

Esa mañana, decía, el señor Aliso cruzó el jardín delantero de la Casa Rojo Viral notando que los lirios africanos se multiplicaban alegremente y de custodios habían pasado a invasores. Decidió que lo hablaría con el jardinero, Miguel. Con los jardineros. Miguel Padre y Miguel Hijo. De hecho, Miguel Padre cortaba el césped en esos momentos unos metros más allá. El hombre hizo un gesto con la cabeza saludando al señor Aliso y, a pesar de la distancia, Aliso pudo ver sus ojos extrañados recorriendo el traje oscuro. Pensó en acercársele y hablarle de las flores y luego resolvió dejarlo para otro día. O nunca. ¿Desde cuándo le molestaban a él la exuberancia y el desenfreno? Pensativo, subió las escalinatas y entró en la casona.

Al contrario que con Miguel Padre, el señor Aliso no advirtió las miradas sorprendidas (y burlonas) de las mucamas. Decidió pasar por las cocinas en busca de algo rico (seguramente recién horneado por Elsa o Rosa) antes de ir a su despacho, pero Serbio lo atajó a mitad de camino y le susurró algo con su voz baja, clara y profunda:

-Hay un madrugador. Un solicitante.

Si a Serbio le asombraba el cambio en el look del gerente, en su cara no se traslucía nada.

-¿Dónde está? Son las ocho y cuarto. A esta hora la casa huele a Lysoform, a lavandina, no a almizcle, mi rey. ¿Te dije alguna vez, Serbio, que el olor del cloro me recuerda al del semen?

-No, señor. ¿Llevo al solicitante a la Sala de Planificación?

Aliso suspiró.

-Sí. Dame cinco minutos que cierro las ventanas. No se puede hablar de sexo con una cortadora de pasto de fondo.

El señor Aliso entró en la Sala de Planificación (que era, en realidad, su oficina), cerró los vidrios, los postigos y desplegó las cortinas que las mucamas ataban con un nudo para poder pasar la aspiradora por debajo. Se sentó luego en su sillón giratorio rojo y dorado (una excentricidad que había encargado con el cambio de siglo a una descarriada firma de diseñadores neoyorkinos) y compuso su postura de siempre para el recibimiento de un solicitante: espalda erguida, ambas palmas sobre el escritorio, codos pegados al cuerpo. Quedaba impactante cuando usaba sus bellas tetas de silicona fabricadas especialmente para él y sus labios estaban pintados con pigmentos de oro. Pero hoy no era el caso. Mejor. El viejo que entró detrás de Serbio se hubiera muerto de un infarto. ¿Cuántos años tenía aquella momia? ¿Doscientos?

-Siéntese, por favor –dijo Serbio señalando un sillón común de cuero negro.

El viejo se sentó y Aliso supo de inmediato que era un “pequeño ahorrista”. Así había llamado Serbio alguna vez a un solicitante y el señor Aliso le había preguntado a qué se refería.

-Al contrario de la mayoría de los caballeros y damas que visitan esta casa, gente de poderío económico, los “pequeños ahorristas” son personas comunes, de clase media e incluso, clase media baja. Pero tienen un sueño, una fantasía que anhelan cumplir más que nada. Y ahorran. Pueden pasar años ahorrando para ese único momento de placer y felicidad.

-Humm. Sí. Sí, claro. Hay de esos –. Aliso pensó que era la primera vez que escuchaba tantas palabras juntas saliendo de la boca de Serbio.

-Y cuidado con ellos, señor. Son los más complicados. Si por algún motivo, un poderoso no se siente del todo satisfecho con el resultado de un encuentro, lo olvidará y buscará otro. Pero los “pequeños ahorristas” difícilmente tengan una segunda oportunidad. Por eso, quieren que lo que compran sea perfecto. Y usted debe asegurarse de que así sea.

El gerente asintió. Lo entendía. Como siempre, el mayordomo le facilitaba el trabajo.

Ahora, Serbio se retiró con su andar de sombra y Aliso le sonrió al viejo, apenas. Una sonrisa leve tranquilizaba e invitaba a la confidencia. Una demasiado amplia podía interpretarse como chabacanería o burla.

-Buenos días, caballero, ¿quiere contarme en qué puedo ayudarlo?

El viejo se tomó su tiempo para responder. Estudiaba la oficina, cada moldura de madera en las paredes, cada cairel de la araña de bronce. Se quedó mirando un cuadro, una reproducción maravillosa de “Desnudo sentado en un diván” de Modigliani. Luego, dijo simplemente:

-Necesito una jovencita de diecisiete años.

El señor Aliso suspiró por dentro, fastidiado. Sin embargo dijo:

-Ah, sí. Es una edad maravillosa. Lamentablemente, señor…¿cómo prefiere que lo llame?

-Profesor. Es lo que he sido toda mi vida. Un profesor de historia.

-Excelente. Lamentablemente, profesor, por cuestiones legales y de reglamento interno, no aceptamos menores de edad, ni en el staff permanente, ni momentáneos.

-¿Me habla en serio? No soy policía, ni lo estoy grabando con uno de esos chirimbolos de ahora.

-Muy en serio -. El señor Aliso permitió que la sonrisa se ampliara un poco más. Apenas.

-No me esperaba esto. Qué desilusión. Creí que en un lugar como éste no existían los prejuicios. Y me sale con un “reglamento interno”.

Esta vez, el señor Aliso se mantuvo en silencio. El viejo también. Al rato, continuó hablando:

-Está bien. Quizás el equivocado soy yo. Usted es demasiado joven para entender que, en mis épocas, una muchacha de diecisiete años era ya una mujer. O casi. A punto de estar lista para el matrimonio y la vida.

-No necesita explicarse, profesor, lo entiendo. Y por supuesto podemos ofrecerle señoritas que tengan apenas un año más o aparenten perfectamente los diecisiete abriles que usted busca.

-Aparenten…sí. Necesito más apariencias. Debe ser delgada, rubia, menuda. Y sus ojos…no es tan importante el color como la mirada. Una apariencia dócil, sumisa. Pero en los ojos revoloteando algo. Desafío. Impertinencia. Eso. Impertinencia. Una mocosa difícil disfrazada de niña buena.

-Excelente descripción. No dude que la tendrá.

-Sí…y algo más -. Ahora el viejo miraba a la nada, concentrado. –Ella jamás deberá decirme su nombre verdadero. Mucho menos esos nombres ridículos que usan las pupilas de ahora.

“Pupìlas”. ¿Cuánto hacía que en la Casa Rojo Viral no se escuchaba ese término? El señor Aliso contrajo las nalgas, era su manera de contener la risa.

Con la cabeza levemente inclinada, el profesor susurró:

-Quiero que responda al dulce nombre de Julieta.

Aliso asintió. Jamás anotaba nada. Tenía una memoria prodigiosa.

-Es muy, muy importante que la muchacha comprenda que su nombre es Julieta, Julieta Garigorte, ¿entiende? Porque…porque Julieta realmente existió, ¿sabe?

-Lo imaginaba.

-Sí. En mis primeros años, recién recibido, entré a trabajar en un colegio de varones. Y un tiempo después, también comenzaron a aceptarse mujeres. Fue la primera escuela mixta de esta ciudad. Muy novedoso, progresista, dijeron muchos. Pero, para la mayoría, fue un escándalo. ¿Qué padres respetables permitirían que su niña estudiara en un colegio de hombres? Y sin embargo…una mañana al entrar en mi aula, ella estaba allí. Sentada en el primer banco de la tercera hilera. Recibía docenas de miradas de sus pares masculinos sin prestarles la menor atención. No parecía incómoda, ni asustada. Tampoco había nada incorrecto en ella. Sólo era una falda en un mar de pantalones. Esa pollera a cuadros… Medias blancas tres cuartas… Y entre ambas, piel. Apenas visible. Pero innegable. Piel blanca, suave, con un vello rubio delicado…

El viejo se irguió.

-¿Puede conseguirme una niña así, muchacho?

-Puedo concertarle un encuentro con una señorita así, sí. Podemos además recrear un salón de clases, pizarrón, bancos, libros de estudio de la época, lo que usted desee.

El profesor pareció asombrado y molesto.

-¿Para qué voy a querer todo eso? No, lo único necesario es un pupitre. Uno de esos de madera maciza que se ponían en hilera y a los que se les podía levantar la tapa del escritorio para guardar los libros. Nada más. Era lo que había en la Sala de Castigos.

-¿Sala de castigos?

-Sí. Allí se enviaba a los revoltosos, los flojos, los duros de entendederas. Se los sentaba por horas en el pupitre y se los obligaba a mantener la espalda derecha y la cabeza en alto mirando la pared blanca. Solía dar buenos resultados.

El señor Aliso relajó las nalgas, era su manera de mantener la boca cerrada.

-Y fijesé usted que, a las semanas de haber ingresado, allí fue a parar Julieta. La niña, poco a poco, comenzó a mostrar su verdadero carácter. No le interesaba estudiar y sí utilizar a sus compañeros valiéndose de las artimañas propias de su sexo. Una sonrisa allí, una caída de ojos allá y esos pobres tontos corrían a complacerla en cuanta cosa quisiera. Una lapicera cara cedida, un libro de estudio regalado (descubrimos luego que, a los suyos, Julieta los había vendido), un estuche con elementos de geometría misteriosamente desaparecido pero sin interés por denunciarlo. Más tarde, comenzaron las diabluras. Una pata de mi silla cortada pero colocada para que no se notara, cucarachas aplastadas dentro del cuaderno de asistencias, excremento de perro en el interior de mi maletín. Porque sí, era en mi clase y contra mi persona que se dirigían la mayor parte de aquellas fechorías. Julieta jamás resultaba afectada. Sus compañeros la protegían, la encubrían, hasta se hacían responsables si era necesario. Y ella allí, mirándome inocente, y a veces condoliéndose con su vocecita suave: “Ay, profesor, qué terribleeee”.
Pero le falló la suerte un día y la señora Fisterra, la profesora de geografía, la halló con las manos en la masa mientras reducía a flecos los mapas de época que iba yo a utilizar en una clase de historia medieval. Fue enviada de inmediato a la Sala de Castigos y, como yo era el profesor en principio perjudicado se me encomendó a mí decidir su correctivo. Cuando entré en la Sala, Julieta estaba sentada en el pupitre en actitud inocente y apenada. La cabeza gacha, la mirada fija en el suelo. Yo me mantuve en silencio durante varios minutos convencido de que ella acabaría por echarse a llorar. Pero no lo hizo. Fui yo el que finalmente habló:

-¿Quiere usted explicarme, señorita Garigorte, cuál era su finalidad al destrozar material del colegio?

Fue entonces que Julieta levantó la cabeza y me miró a los ojos. Pude ver que ella no sólo estaba muy lejos de llorar sino que una sonrisita provocativa le bailaba en la boca. Me asombró eso, pero noté también cierto calor en mi vientre. Desvié la vista y fue peor porque la falda de Julieta estaba algo subida, bastante más de lo habitual. Podían verse sus rodillas separadas y el contraste de su piel blanca con las sombras que ocultaban lo que había más allá. Traté de recobrar la compostura y dije:

-No importa si no quiere hablar. De todas maneras se le aplicará un castigo.

Ella se enderezó en su asiento y apoyó la espalda contra la madera. Su pecho era casi plano pero de inmediato descubrí, por debajo de la tela tensa de su blusa, dos pequeñas protuberancias que crecían sin que pudiera evitarse el mirarlas. Por un instante me pregunté cómo sería apretarlas con el pulgar y el índice hasta que aquella niña insolente gritara.

-Me parece justo, profesor –respondió ella -¿Quiere usted explicarme cuál va a ser mi castigo?

Dijo esto con un tono especial. No recuerdo, en el resto de mi vida, haber escuchado palabras tan cargadas de sensualidad y a la vez, de inocencia. A los diecisiete años esa muchacha manejaba con precisión el arte de la ambigüedad femenina que tanto nos desespera a los hombres: ¿lo dijo o no lo dijo? ¿Lo quiere o no lo quiere? El calor continuó bajando por mi vientre y mi pene comenzó a endurecerse. Miré hacia todos lados. Mi mente no coordinaba, no sabía qué contestarle a Julieta, ni cuál castigo podía ser el adecuado. Intenté asumir una postura amenazante mientras la verga me latía en los pantalones.
De pronto, la vi. Un adorno ahora, recuerdo de otras épocas (épocas que yo recordaba muy bien) donde no estaba mal visto que los profesores aplicaran castigos corporales. Al fondo del salón, colgaba, junto a un cuadro con una lámina antigua donde se mostraba su uso, la palmeta. Un instrumento de madera liviana en forma de hoja de palmera con un mango. Sin saber bien lo que hacía, atravesé el salón y descolgué aquella cosa oscurecida por el tiempo.

Al voltearme, vi a Julieta que, de pie, observaba con ojos enormes (y ahora sí, algo asustados) lo que yo tenía en mis manos. Su miedo me permitió recuperar algo de control y levanté la palmeta con expresión seria. Caminé hacia ella y la muchacha retrocedió un paso. Temí que echara a correr. Pero Julieta volvió a quedarse inmóvil. Y luego, muy despacio, ella me dio la espalda y se arrodilló en el pupitre. Con lentitud, comenzó a subirse la falda. Quedaron al descubierto sus muslos y después su bombacha blanca de algodón. Julieta se inclinó hasta quedar en cuatro patas.

Mi mano temblaba, pero pude levantar la palmeta y bajarla con cierta fuerza golpeando una nalga redonda que vibró bajo la tela. Julieta se estremeció pero no emitió ningún sonido. Le pegué con más fuerza y ella arqueó la espalda levantando la cola. Golpeé por tercera vez y esta vez un gemido escapó de su boca. Yo comencé a respirar de forma entrecortada, estaba caliente, caliente de una forma ansiosa y salvaje como no había experimentado nunca. Susurré:

-Tu falta fue muy grave, Julieta. Tenés que sacarte la bombacha para sentir más dolor.

Pude escucharla soltar el aire por la boca. Me pareció que temblaba. Pero se puso de pie y se bajó los calzones blancos. Los dejó sobre el escritorio del pupitre y volvió a arrodillarse. Cuando levantó su pollera vi un culo lampiño, perfecto, y unos labiecitos de concha con apenas un poquito de vello rubio como el de sus piernas. Le pegué, los labiecitos se abrieron y apareció un botón hinchado. Puse la palmeta sobre su espalda y presioné para que se arqueara aún más. También la deslicé entre sus rodillas y le indiqué que las separara todo lo que el espacio del pupitre le permitiera. Y finalmente rocé, con la palmeta en posición vertical, la conchita expuesta. Pegado a la madera quedó un hilo de flujo.

-Ahora sí, Julieta, estás cumpliendo con tu castigo.

Volví a pegarle. Y luego de un par de azotes, alterné la palmeta con mis dedos. Le pegaba en el culo y le acariciaba la concha. Golpe. Caricia. Golpe. Caricia. Ella ya tenía la mejilla pegada al pupitre y se ofrecía gimiendo. No sabía qué quería más, si el dolor o el placer, si la vibración o el cosquilleo. Aceleré el movimiento de mis dedos y ella empezó a balancearse acompañándolo. Le apreté el clítoris y jugueteé con él, fue entonces que ella se descontroló por completo y gritó, vencida, en medio de su orgasmo. Yo saqué mi pene y tomé su bombacha de algodón. Me descargué allí, frotándome la verga con ella.

-Tome, señorita Garigorte, póngasela. Y pase el resto del día con mi semen rondando su conchita. Ese es el final del castigo.

Sin mirarme, ella se la puso. No le quedaba nada de insolencia, arrogancia o descaro. Se fue, cerrando la puerta despacio.

Semanas más tarde, sin previo aviso y sin explicaciones mayores, sus padres la retiraron del colegio. Se comentó que al padre lo habían reasignado en un puesto en Chubut (creo que trabajaba en una petrolera), pero nada más. Pasó casi un año hasta que otra niña se aventurara a estudiar en la escuela. Y cuando lo hizo, las muchachas llegaron en bandadas. Hoy, hasta son mayoría. Claro, yo llevo retirado más de veinte años. Pero bueno, muchacho, a usted no le importa todo esto. Vamos a hablar de cuánto va a salirme este viaje al pasado.

Cuando el viejo se fue, Aliso consideró cerrar la puerta de la Sala de Planificación con llave y masturbarse rápidamente. Más de una vez lo había hecho luego de escuchar la fantasía de un solicitante, pero nunca con…

Ajjjjj.

Se quitaría de inmediato ese traje. Si Serbio no tenía tiempo de ir hasta su casa y buscarle algo de ropa, bajaría al vestuario del subsuelo donde tenían todos los disfraces utilizados en la casa Rojo Viral desde 1945 y pasaría el resto del día vestido de diosa griega o bombero. No fuera que el negro traje de su padre muerto cargara con alguna desagradable maldición heterosexual.

 

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