La Monja

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-¿Y…y cómo se chupa una verga?

-Y…es un arte, ¿sabés? De esta Casa, Delia es la mejor felatriz.

-¿Felatriz?

-Sí, felatriz o feladora. Acá tenemos dos, Delia e Inés. Es decir, feladoras hay muchas, felatrices sólo ellas.

-¿Qué diferencia hay?

-Todas nos volvemos feladoras en algún momento del encuentro, besar y chupar la verga es parte del sexo. Pero hay hombres que solamente quieren esa práctica. Y ahí prefieren a las felatrices. A Delia y a Inés no las penetran, ellas nada más brindan placer con la boca, y de la mamada, como te decía, han hecho un arte. Las podés reconocer porque se pasean por la Casa y también en las fiestas, con los labios pintados de un rojo especial que ninguna de nosotras puede usar.

-No me animo a preguntarle a Delia, se la ve tan distante, tan fría. El otro día intenté regalarle un rosario. Me dijo que ni aunque fuera de oro.

-Ah, sí, el tema del carácter es otra cosa. ¿Pero qué querés saber? Lo más importante es el ritmo. La verga está cubierta de una piel que va y viene. Tenés que lograr eso con tus labios, sin raspar con los dientes. Y la lengua debe volverse juguetona, exploradora. Ahora que lo pienso, la saliva es lo más importante. Tenés que generar mucha humedad para facilitar el vaivén, rico, caliente. Y con los huevos…

-No, basta.

La monja es jovencita. Mira a la prostituta con ojos como platos y una mano sobre el pecho. Es una novicia de la caridad del Verbo Encarnado y, desde hace meses, visita la Casa Roja y conversa con las chicas (no de sexo, por supuesto, sino para mostrarles otras opciones, otros caminos, y apartarlas amorosamente del pecado). Nadie le presta mucha atención, pero a casi todas les cae simpática. Corre el año 1969.

 

-Pero…¡es contra natura!

-Ah, sí, sí, una vez un cliente me dijo “negrita, vamos a hacerlo contra natura” Yo solamente entendí cuando me puso en cuatro patas. Me decía también que le gustaba verme la chocha, “mi perdición colorada rodeada de oscuridad” le decía. Siempre me ponía de perrito pero me penetraba por la vagina. Y un día, me dijo eso, lo de la contra natura y me empezó a acariciar el culo. Primero me agarró las nalgas, las movió y sobó hasta que sentí que ya debía  tener sus dedos marcados. Después se entretuvo jugando con mis pelitos. Yo jamás me depilé ahí. Y como buena negra tengo la selva tupida, jaja ¡Hay que buscar el agujerito! Pero me lo encontró. Y cuando me abrió bien los cantos se puso a jugar con la lengua. Que te lamo. Que te la meto un poquito adentro. Decía que yo me iba dilatando. Y la verdad que sí. Era divino. Me recliné en la cama, cosa de ayudarlo a él a lamer más adentro. Y casi me vuelvo loca cuando empezó a ir de mi conchita a mi culo. Chupaba ahí, chupaba allá. Yo ya no sabía qué quería, ni por dónde, si lengua o penetración. Todo quería. Yo movía las caderas y él hundía más la cara. Me mojé como nunca. Y cuando él se dio cuenta, sacó la verga del calzoncillo y me la metió por atrás.

-Pero…¡tenía que dolerte!

-¡No! Bueno, al principio un poco, pero cuando estás caliente se siente…Ay, cómo decirte. ¿Viste lo de la posesión, lo de hacerte mía? Es como que lo entendés. Ser penetrada por el culo es lo más, sos toda de él.

-Pero…no está hecho para eso ese lugar.

-¿Quién dice, bonita? Si se siente tan bien por algo debe ser. Eso sí, mucha saliva necesitás, mucha lubricación y humedad.

A la monja le queda dando vueltas esa idea “si se siente tan bien por algo debe ser”. ¿Tentación ideada por el diablo? Tendría sentido si la monja creyera en el diablo. Pero sólo cree en el mal. Y el mal no puede sentirse bien. No tiene sentido. Hace un tiempo que la monja se ha vuelto una muchacha pensativa. Por supuesto, no habla con nadie de esas ideas que cruzan su cabeza como relámpagos. Y a los relámpagos siguen los truenos, por supuesto. Corre el año 1980.

 

-A ver, querida, ¿dos hombres?

-Sí. Y más que dos hombres, dos penes. Más posibilidades de pasarla bien. Aunque también mal. En esa clase de servicios tu cabeza es todo. Podés sentir que te están violando y ahí, si eso no es lo tuyo, la cosa va mal. Se te vuelve puro manoseo y recordás que tu cuerpo es uno y ellos son dos. Que te va a doler. Y te achicás, te encogés y los hombres, que por algo fueron cazadores en la prehistoria, te huelen el miedo. Ya está, perdiste. Pero si de entrada la jugás de Cleopatra, la cosa cambia. Una vez, tuve delante mío a un rubio y a un morocho, nada del otro mundo, pero se les notaba la ansiedad. Y hasta ahí yo siempre había permitido que los hombres hicieran lo que quisieran. Esa vez no, me dije “Soy una reina y estos mis esclavos. Yo mando”. Me acosté en la cama, desnuda y les señalé mis tetas haciendo un círculo con el dedo sobre mis pezones. Ellos se acostaron al lado mío y empezaron a besármelas. Si se apuraban, yo los frenaba, impuse el ritmo hasta que sentí esa…no sé, ¿cosquilla? No, es como un calor que sube de tu entrepierna directo a la mente, ¿entendés?

La monja niega con la cabeza sin darse cuenta. Su atención es absoluta, su imaginación un caos de imágenes forzadas e incompletas.

-Después…dejé que uno de ellos siguiera en mis pechos, pero empujé el hombro del otro, al morocho, hacia abajo. Él entendió. Me fue pasando la lengua por la panza y yo sentí primero tibieza y después frío a lo largo de todo ese camino húmedo. El morocho no fue directo a mi concha. Jugó en mi pubis apartando los pelos con la lengua, llegando a mi piel. Cada vez más abajo. Yo comenzaba a disfrutar aquello…mucho. Y cuando al fin empezó a besármela, tuve un orgasmo, disimulado, secreto. Los esclavos no debían saberlo, ni ser recompensados tan rápido. Aparté al morocho y me trepé sobre el rubio. Nos besamos. Mientras su lengua estaba en mi boca, busqué su verga y la froté contra mi clítoris. Le puse un preservativo sin dejar de besarlo, y ahí sí, me la fui metiendo de a poco. Cuando el rubio ya estuvo dentro mío, miré hacia atrás con cara de reina insatisfecha. El morocho estaba de rodillas junto a nosotros. Arqueé la espalda y mi culo se ofreció, bien abierto. O, mejor dicho, esa abertura se volvió una orden. Le pasé un preservativo también. Quiso penetrarme rápido pero yo se lo impedí. Cada avance debía ser un premio. Caricias en el clítoris, un poco más. Apretar mis tetas, un poco más. Y ahora sí, tomar bien firmes mis caderas. Y entrar. Busqué el ritmo, el mío, el de ellos y nos acoplé a todos para volvernos uno solo. El silencio, los jadeos, el calor… Ellos aguantaron y yo también. Hasta que empecé a apretar y soltar mi culo y mi vagina. Un masaje interno de mis músculos. Escuché cómo la respiración de ellos se aceleraba. Y me volví una verdadera reina concediendo gracias. Me moví más rápido. El rubio acabó primero. Me quedé quieta entonces, mi cara oculta en el cuello de él, mis caderas elevadas. El morocho continuó. Yo ya no era una reina, era una campesina con las polleras levantadas contra un paredón, la mejilla contra la pared y su señor sirviéndose en ella. Tuve otro orgasmo y me perdí en él, casi sintiendo el olor a campo y tierra húmeda.

Victoria deja de hablar y continúa ordenando su valija. Por un tiempo no regresará a la Casa Roja. Ha logrado reunir el dinero que necesita para abrir una pequeña boutique. Y le ha prestado a su hermano lo suficiente para poner un video club.

La monja prende un cigarrillo y cruza las piernas sobre una silla. La relaja fumar aunque le provoca fuertes discusiones con el resto de su congregación. De un tiempo a esta parte discute mucho con ellas. Todas le reprochan que siga insistiendo con la perdida causa de las perdidas. La monja sonríe, pero cuando sus hermanas se dan vuelta, las manda al carajo. Corre el año 1992.

 

-¿Con otra mujer?

-Sí.

-¿Una orgía?

-Claro.

-¿Un matrimonio? ¿Santificado?

-Uf, de a montones.

También las chicas de la Casa Roja le preguntan por qué sigue visitándolas. No les da muchas explicaciones, ni ellas insisten. Son mujeres entrenadas en no indagar de más. La monja no es buena para expresar sus ideas. Su entrenamiento consistió en guardárselas y obedecer. Para empezar, le cuesta transmitir su concepto de Dios. No corrige a los demás cuando éstos dan por sentado que ella cree en el Dios católico tradicional. Pero no es así, su Dios es amoroso, compasivo, solidario, se equivoca y se asombra con el devenir de la vida a la par de los hombres. Es un Dios que, también, se plantea si ya no será hora de negociar con Lucifer y llegar a un acuerdo. La monja sabe, además, que la Iglesia es una institución que precisa gente en todas partes. Junto al Papa y junto a los narcos. Viviendo entre la alta sociedad y en las villas apestando a basura. En la política, en la policía, con los militares. Haciendo exorcismos y desmitificando milagros. En la guerra. Y por qué no entonces, en el sexo, el origen de la vida. En la Casa Roja, Elena ha aprendido mucho más que en el noviciado del verdadero significado de servir. Ni las mismas chicas lo saben, pero no todas ellas la desprecian o se burlan. Algunas, la encuentran en el jardín y se sientan a su lado. Le cuentan cosas. Un par han llorado. De otras, la monja ha sentido envidia.

-¡Noooo! ¿Hombres? ¿Hombres que trabajan como ustedes?

-¡Mejor! Es que un hombre sabe más de lo que quiere otro hombre. Y algunos también atenderán mujeres.

-¿Por qué a mujeres? Las mujeres no necesitan pagar por sexo, siempre hay hombres dispuestos a acostarse con ellas.

-Sos ingenua, hermanita, todavía después de tanto tiempo. En esta profesión no se te paga para te quedes, sino para que te vayas. Algunas de esas mujeres son casadas y arriesgan mucho buscando amantes. Otras, ni tiempo tienen.

La monja termina la latita de cerveza. Es diciembre y hay un ambiente festivo en la Casa Roja que, ahora, se llama Rojo Viral. Tiene que ver con esas cosas de la tecnología y las redes sociales. Sasha le pregunta si quiere otra cerveza y Elena dice que sí. La chica se la trae y suspira. Le toca trabajar. Se despide de la monja y se va pensando que, en su próxima vida, será una hermanita de la caridad.

Elena se queda sentada al sol. Siente el líquido bajar por su garganta y piensa que no hay cosa más maravillosa que el primer trago de cerveza un día de verano. Así, con los ojos cerrados se dice que, en su próxima vida, con seguridad, será puta.

Corre el año 2018.

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